Lavoura Arcaica

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Director: Luiz Fernando Carvalho. Brasil, 2001. Duración: 171 minutos.

Llevo años a la caza de una película que me ofrezca una intensa experiencia poética, a la vez que me renueve en mi sensibilidad ecológica. Somos hijos de la era industrial y nuestras emociones se han hecho--nos han moldeado--con edificios, asfalto, cables y ondas electrónicas. Pero ocurre que es posible imaginamos diferentes, rebeldes a ese molde urbano que casi nos tiene anestesiados los cinco sentidos. ¿Existe una película latinoamericana que logre tamaña sensibilización? ¿Una película que logre, como dice Luiz Fernando Carvalho, "un sueño con suficiente poder para contaminar la oscuridad del cine como una plaga" (Lavoura arcaica, edición hecha por el autor con artículos y fotogramas)? Sí, existe. Es la opera prima de este joven brasileño hacedor de telenovelas de exportación--Renascer, 1992-93; Rei do gado, 1996-97; Os Maias, 2001--que enamorado de un bello texto, Lavoura arcaica (1975) del escritor paulista Raduan Nassar, osó crear una cinta que respondiera a la poesía contenida en esta novelita.

La película que en los festivales latinoamericanos ha llevado como título A la izquierda del padre posee una fotografía espectacular de Walter Carvalho, quien ha merecido numerosos reconocimientos, al igual que las actuaciones. La lista de premios para la propia cinta es impresionante, pero quiero centrarme en mi admiración por el método aplicado, por el trabajo detrás de cámaras y por lo logrado con el fluir de las imágenes.

El tema de la cinta es una versión moderna--rural también--de la fábula del hijo pródigo. André (Selton Mello) está lejos de casa en la ciudad y su hermano mayor Pedro (Leonardo Medeiros) ha venido a buscarlo para llevarlo de vuelta al campo. La conversación es larga y da pie para una serie de flashbacks que pueden considerarse como un conglomerado de emociones de André: su infancia, las relaciones con sus familiares, especialmente con su hermana Ana y con su madre, el erotismo de esas relaciones y de las que desarrolla con la naturaleza, la recurrente imagen de sus pies cubiertos por hojas en pleno gozo, los sermones del padre, ceremoniosos y autoritarios en el comedor, el reloj testigo, las fiestas de los inmigrantes sirio-libaneses, en fin, los detalles se multiplican y se expanden dentro de las sensaciones y no por la lógica del hilo argumental. La confesión de André a Pedro es muy grave: la pasión por Ana. Las repercusiones de su ausencia ya se dejan sentir por la insondable tristeza de la madre y la reclusión silente de Ana en la capilla. La familia necesita que André regrese. Y cuando ello ocurre, hay mucha alegría y alborozo, especialmente de parte de las hermanas que preparan diligentes una gran fiesta para celebrar el retorno y es ese espacio tradicional donde mejor se exponen los conflictos que desata la libertad de André y que cada miembro de la familia reaviva en mayor o menor grado.

La escena inicial es relevante para determinar las coordenadas de este flujo de recuerdos y sentimientos que André evoca hablando con su hermano. André está tirado, boca arriba, y los primeros planos son borrosos y se asemejan a lomas de un desierto. El ritmo de la respiración sigue los pitos de un tren, André se está masturbando y todo su ser se estremece. La fragmentación visual permite entender la presentación del protagonista como un ser marginal, solitario, pero altamente sensual. Su cuerpo es como una herida abierta, un ojo que percibe y que se va completando como una sensualidad ininterrumpida por las hojas y el lenguaje de los árboles, las aguas y la frescura de la tierra. Al inicio no comprendemos al paria, al hijo pródigo. Conforme vamos viendo sus recuerdos, vamos comprendiendo su grado de aislamiento y desconexión consigo mismo y con su familia. Pero también vemos una poderosa fuerza que se escapa de la rigidez familiar. Las palabras de André--muchas del mismo texto original de Nassar--cobran brillo y vida en las improvisaciones de Selton Mello: es un cuerpo que habla, un cuerpo tenebroso, epiléptico, sucio, lujurioso, que sin embargo recoge una experiencia de vida intensa que se proyecta como una fuerza que por sí sola evitaría la caducidad de la familia. …