Academic journal article Cuban Studies

Algunas Reflexiones En Torno a la Pelicula Alicia En El Pueblo De Maravillas

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Algunas Reflexiones En Torno a la Pelicula Alicia En El Pueblo De Maravillas

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Hacer que el poder tenga que recapacitar es un triunfo maravilloso, y suele ser sólo el intelectual el que se lo puede permitir..

Alfredo Guevara1

Alicia en el pueblo de Maravillas es mucho más que una película maldita que se prohibió en 1991 por ser demasiado crítica en una época en que la Revolución cubana se enfrentaba a la más aguda crisis de su historia. Alicia es quizás una demostración más de la compleja discusión que persiste hasta el día de hoy en Cuba entre aquellos que conciben que el arte debe estar al servicio de la Revolución y los que piensan que la creación debe asumir la realidad de las contradicciones que vive el pueblo cubano, y que por lo tanto el intelectual tiene el derecho a opinar e intervenir en la definición de los posibles destinos del país (Arango 91). Alicia supuso un paso más en el debate mantenido durante años sobre la autonomía que los intelectuales deben tener en la cultura y sobre el espacio que la crítica debe ocupar en la obra de arte (Otero 79). La prohibición de la película dirigida por Daniel Díaz Torres provocó un enfrentamiente entre los intelectuales y el poder del que se ha escrito muy poco, pero con consecuencias claves para el futuro del cine cubano.

Para entender el conflicto de Alicia hay que remitirse a la política cultural de la Revolución desde sus principios. En junio de 1961, a pocos años del comienzo del triunfo revolucionario, dicha política quedó definida a través de las muy repetidas "Palabras a los intelectuales" de Fidel Castro, donde se estipulaba que "dentro de la Revolución, todo; contra la Revolución, nada" (11). A partir de ahí, y de afirmación tan ambigua, surgieron en la mente de muchos intelectuales las siguientes dudas:

¿Qué fenómenos y procesos de la realidad cultural y social cubana forman parte de la Revolución y cuáles no? ¿Cómo distinguir qué obra o comportamiento cultural actúa contra la Revolución, qué a favor y qué simplemente no la afecta? ¿Qué crítica social es revolucionaria y cuál es contrarrevolucionaria? ¿Quién, cómo y según qué criterios decide cuál es la respuesta correcta a esas preguntas? ¿No ir contra la Revolución implica silenciar los males sociales que sobreviven del pasado prerrevolucionario o los que nacen de las decisiones políticas erróneas y los problemas no resueltos del presente y el pasado revolucionarios? ¿Ir a favor de la Revolución no implica revelar, criticar y combatir públicamente esos males y errores? (Navarro 40)

Las respuestas variaron a través de los años. Los enfrentamientos entre las élites políticas e intelectuales de la isla vivieron diferentes etapas marcadas por las polémicas económicas y culturales que se mantuvieron desde la década de los 60 entre dos corrientes claramente establecidas dentro del propio panorama político revolucionario:

De un lado estaban los partidarios de una alianza total con la Unión Soviética, asociados a los comunistas profesionales del PSP (entre ellos, Carlos Rafael Rodríguez, Blas Roca, Edith García Buchada y José Antonio Portuondo) que promovían el modelo del cálculo económico, la creación de un sistema institucional que subordinara todas las organizaciones políticas al Partido, el adoctrinamiento marxistaleninista y el encierre de la opinión por medio de un absoluto control ideológico desde el Estado. Del otro estaban en una alianza más bien táctica, los nacionalfidelistas del Movimiento 26 de Julio y los marxistas heterodoxos (entre ellos, Ernesto Che Guevara, Armando Hart, Haydée Santamaría y Alfredo Guevara), quienes abogaban por una economía moral, un esquema político participativo, una dirección carismàtica, un pacto relativo y distante con la Unión Soviética, una mayor presencia en América Latina y el Tercer Mundo, cierto clima de crítica dentro del poder y una educación donde pudieran confluir los legados de Marx y Martí, de Lenin y Fidel (Rojas 216).

Estas dos escuelas habían creado sus adeptos desde los años 70. Los "dogmáticos," como se llamó a los partidarios de la alianza con la Unión Soviética, organizaron una nueva generación de cuadros profesionales del Partido y las Fuerzas Armadas, entre los que destacaban Luis Pavón, Antonio Pérez Herrero, Humberto Pérez y Carlos Aldana. …

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