Academic journal article Afro - Hispanic Review

Soy Un Negro Más: Zurbano Par UI-Même

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Soy Un Negro Más: Zurbano Par UI-Même

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A Antonio Torres, mi bisabuelo primero cimarrón, luego mambí, finalmente enfermo y olvidado...

Y para Georgina Herrera, que lo sufrió como una verdadera madre...

Voy a contar cómo me he involucrado en la lucha contra el racismo en Cuba y cuál es el significado que tiene para mí esta batalla permanente contra esos demonios tan humillantes que son el prejuicio y la discriminación raciales. Para muchos este asunto es puramente retorico o académico, pero no es mi caso: soy un negro, provengo de una familia humilde cubano-jamaicana, cuyo apellido ingles quedo en el camino de la pobreza por allá, por los años veinte del siglo pasado. Recuerdo a mis tías paternas rechazar, aun ancianas, que les llamaran jamaiquinas, pues nunca perdieron el acento con que aprendieron el español entre gente que nunca pudo hablarlo bien. Rechazados como negros, pobres y jamaiquinos llegó mi abuelo paterno y su larga familia a San Nicolás de Bari, al sur de La Habana y se asentaron en el barrio de los pobres, detrás de la línea del ferrocarril.

La tradición azucarera familiar pertenece a hombres y mujeres que entregaban su tiempo a la zafra. Incluso, una tía abuela se hizo una famosa, trabajando en las zafras del Central Esmeralda, en Camagüey para cientos de hombres, generalmente inmigrantes caribeños. Mi padre trabajó en el ingenio Gómez Mena, toda su vida y algún espacio del Central Héctor Molina, su actual nombre, me aguardaba si la Revolución y la literatura no hubieran cambiado el destino del país y de mi familia. Tenía solo dos años cuando me fui a vivir con mi abuela, necesitada de compañía, pues el matrimonio de mis padres la había separado unos 10 km de mi madre y ella, una mujer de 75 años cuando yo nací, reclamó uno de los nietos. Me tocó a mí, el último de cinco hermanos y tuve una infancia tremendamente feliz en aquel pueblito de Vegas, Nueva Paz, donde mi madre y hermanos iban a visitarnos cada mes.

Mi abuela Enrriqueta era muy dulce, pero muy peleadora de sus derechos y de los míos. Me enseñó a boxear, a leer, a trepar árboles, a bañarme en el rio y a responder fuerte a los maestros que me llamaban "el negrito Borroto", apellido de un eminente medico negro que había en el pueblo. Al ser el primer niño de mi aula que aprendió a leer, alguien me puso ese apodo que me encabronaba bastante. Mi abuela encontró un versito medio obsceno para que yo respondiera el apodo y aquello duró poco, pues nadie quería escuchar una respuesta tan dura en boca de un niño ofendido. Cuando crecí y supe la historia del doctor Borroto me abochorné un poco, pero la verdad fue que me comparaban con el no solo por su capacidad intelectual, sino por su color bien oscuro. Fue mi primer acto antirracista.

Durante las vacaciones escolares, mi abuela y yo nos íbamos a San Nicolás; una experiencia encantadora, pero con demasiadas reglas: había horarios para bañarse, para dormir e incluso había que hacer tareas domésticas, como limpiar el patio; pero la más odiosa era ayudar a mi papá los domingos. Papa olía a raspadura y a pan caliente. Sus bigotes eran como unos alambritos muy dulces, pero sus manos eran negras hasta en las palmas, pues mi padre tenía otro trabajo fuera del ingenio: era limpiabotas, pues un solo salario no alcanzaba para mantener la familia. Mi hermana Mercedes no olvida que muchas de las guayaberas con que mi padre bailaba danzones cada fin de semana, fueron manchadas por la tinta que quedaba en las uñas de Papá.

Cada domingo había que levantarse temprano, desayunar y enfrentarse a cientos de zapatos de todos los colores que debían salir brillando de allí. Primero se le pasaba un paño húmedo para quitar el polvo, luego se le pasaba tinta, se esperaba que secara y se le hacia el primer cepillado. Entonces se le pasaba el betún, se secaba este y se le hacia el segundo cepillado que podía ser el definitivo, teniendo en cuenta la calidad de la piel y el tiempo de uso de cada par de zapatos. Los zapatos blancos solo eran tocados por mi padre y mi hermano mayor. …

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